- Uf, ah, uf, snif, ahh, Uf...
El pesado cuerpo de Horacio encima de mi era casi imperceptible, cada día su agresiva forma de ser me resultaba menos dolorosa.
- Date la vuelta - ordenó.
- ¿Que dices? - respondí sorprendida.
Horacio me sujeto del pelo hablando en mi oído enojado.
- Que te voltees.
El se arrodillo sobre si, retire mis piernas y dudando me eche boca abajo.
- Levanta el trasero - ordenó dándome una palmada suave.
Me puse como si fuera una perra, entonces el sujeto mi cabeza y la empujó hacia la almohada.
- Muerde eso si quieres - gruñó.
Horacio escupió sobre mis nalgas, metió su enorme miembro dentro de mi, mientras que con su dedo pulgar frotaba suavemente del otro lado, primero lento, luego más rápido y de pronto lo metió, era caliente, podía sentir como su tosco dedo me rozaba bruscamente mi interior mientras se movía, más rápido, más rápido, yo gritaba, arañaba la cama, mordía la almohada y cuando no soporte más, se contrajo y entonces el explotó dentro de mi, saco su dedo despacio y su miembro luego.
- No estuvo tan mal - dijo exhausto respirando agitado - la próxima vez lo meteré por ahí también.
Me encogi en la cama como una oruga, el me tapo y se levanto, se puso la bata.
- ¿A donde vas? - dije llorosa.
- No te importa - respondió.
Me quedé en mi cama llorando, lamentando mi suerte, tenía que hacer algo para cambiar esto que me toco, renegaba de mi vida.
Imara ingreso a la habitación, se paro delante de mi, extendí el brazo, ella me ayudo a levantarme, pero las piernas no me respondían, me temblaban y no podía mantenerlas firmes.
- Llama a las otras - ordené.
Imara me acomodo en la cama, entraron las esclavas que Horacio me dio, había una más vieja.
- Tu acércate - dije.
Ella se acerco, era blanca, de pelo negro, alta, delgada, y parecía romana, ¿Que hacía como esclava?
- ¿Cual es tu nombre?
- Crispina - respondió.
- ¿Que edad tienes?
- Veintidós - dijo volteando los ojos.
- Eres vulgar, ¿alguna vez fuiste sirvienta?
- Si.
- ¿A quien servíste?
- A La casa Prucius.
- Esos son los baños públicos.
- Así es.
- Eres una mujer... ¿De vida alegre?
- Lo era.
- ¿Hasta cuando lo fuiste?
- Hasta que su esposo el señor Horacio me compró de la casa Prucius.
- ¿Por qué mi esposo te compraría?
- El me dijo que quiere que le enseñe como le gusta.
- ¿Que me enseñes que? - grité.
- A coger, señora - dijo haciendo una mueca que parecía una sonrisa - a follar, pero a complacerlo.
- Vuelve a tu lugar, tú - apunte a la segunda - ¿Cuál es tu nombre?
- Rhonda, mi dómina.
- ¿Cuantos años tienes?
- Diez y seis.
- ¿Que sabes hacer? Espero no seas otra ramera.
- Yo, se pelear.
- ¿Pelear?
- Era una guerrera en mi tribu.
- Yo no necesito aprender a pelear.
- Los galeses peleamos todos, hombres y mujeres.
- Ya veo, eres una guardiana entonces.
- Si, mi domina.
- Si pongo un cuchillo en tu mano ¿Me cortarlas el cuello?
- Si usted pone un cuchillo en mi mano, le cortarme el cuello... a sus enemigos.
- Mi esposo no debió comprarte.
- No me compro su esposo, me compro su suegro.
- ¿Mi suegro?
- Me encargo que la protegiera.
- ¿Protegerme de que, o de quien?
- De los enemigos de su esposo, o de su esposo si intenta lastimarla.
- Esta bien - dije - tú.
- Yo soy Clotilde, este mes cumplo trece años, servía en la casa de su suegro y le rogué que me envíe aquí para acompañarla y servirla como mi domina.
- Tan solo trece años - murmure.
- Se cocinar, cuidare de usted en su embarazo y también he ayudado a traer bebés, se cuidar muy bien de los bebes.
- Yo se traer bebes del vientre de las madres - se entrometio Crispina.
- Esta bien, a partir de ahora me obedecerán a mi, solo a mi, si me desobedecen o me traicionan las venderé - mire a Crispina - a la mina de sal, por un mínimo precio.
Respondieron en unísono.
- Si dómina.
Me ayudaron a ir a la tina, Rhonda me levanto en su espalda y me llevó, Clotilde suavemente lavo mis piernas con esponja, Imara lavo mi pelo y Crispina me ayudo a secar, me vestí.
- Hoy día voy a salir a visitar a una amiga - dije - Clotilde, ¿sabes cuales son los postres favoritos de mi esposo?
- Si, mi domina.
- Quiero que prepares algo para la cena de hoy, Crispina te ayudará.
- Si usted saldrá - dijo Crispina - debemos acompañarla todas.
- Iré con Imara y con Rhonda, ustedes preparen algo que le guste a mi esposo, no volveré a decirlo - mire a Crispina - Entiendo que en los baños públicos también comen, pero debes saber hacer algo.
Con Ayuda de Imara me vestí, pero no Crispina y Clotilde se retiraron.
- Rhonda - dije - ¿que arma te viene mejor?
- Una daga es suficiente, domina.
- Iremos al herrero - dije - ¿Me cuidadas bien?
- Daré mi vida por la suya si es necesario.
- Estas bien entrenada.
- Cúando nos rendimos aceptamos nuestro destino como esclavos, servimos para el beneficio de nuestros amos.
- Pero ¿no tenían otra opción?
- Claro que sí la tenía, dómina.
- ¿Que opción?
- Morir, todos pudimos escoger entre ser esclavos y morir.
- Y escogiste ser esclava.
- Se que los dioses me tienen algo preparado, algo muy importante, algo que aun no sé, pero lo descubrire si permanezco viva.
- Bueno, entonces te confiare mi vida - dije.
Salimos de la casa y llegamos al herrero.
- Imara - dije, ella de acerco, le dije algo al oído y se fue, me quedé con Rhonda.
- Mira esto - dije, Rhonda se acercó - es pequeño, ligero y fácil de manipular.
Rhonda sujeto la daga e hizo un par de maniobras.
- Es perfecta en corto alcance - dijo sonriendo.
- Disculpe, mercader, me llevo esto.
- Son 500 Denario.
- Esto es un robo - dijo Rhonda sorprendida - Domina, por favor no lo pague.
- Lo llevaré - pague por la daga y Rhonda la sujeto - necesitaré un tahalis para que pueda guardarlo - le dije al herrero - Mi padre es soldado en el ejército, me enseñó muchas cosas.
El mercader me alcanzó varios pero eran muy grandes.
- Necesito algo pequeño para una mujer.
- Las mujeres romanas no utilizan armas - respondió el mercader.
- Ella si lo hace - mire desafiante al mercader.
El mercader me alcanzó un tahalis ajustable y delgado.
- Mira, Rhonda, este tiene para una espada grande en la espalda.
Rhonda tomo el cinto y se lo midió.
- Me queda bien - murmuró.
- ¿Cuanto cuesta?
- Doscientos denarios.
Pague al mercader, mire a Rhonda mientras ella se acomodaba el tahalis, sonreía.
Salimos de la tienda, caminamos hacia las afueras de la ciudad, compre frutas en el camino, íbamos comiendo, le pregunté a Rhonda como era su vida antes de que llegue a Roma y ella me estuvo contando sus recuerdos de infancia.
Imara vino directo a nosotras.
- La señora... - mirando a Rhonda - Esa señora la espera.
- ¿Despidió a los demás?
- Dice que cobra una cuota extra por la exclusividad.
- Esta bien, vamos.
Continuamos caminando hacia nuestro destino.
Dama Oscura
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