Me pare en la puerta de mi casa, con mi vestido estaba sujeto a mi manto nupcial color anaranjado con una cinta, mi cofia sujetaba mi velo también que me cubría el rostro, el día anterior había consagrado mis juguetes de infancia a la diosa Minerva, solicitándole en una oración que me de sabiduría para esta nueva etapa de mi vida como esposa de Horacio, los niños que me acompañarían el recorrido hasta la casa de mi futuro esposo estaban listos para acompañarme todo el recorrido, mi madre se encargo de que mis amigas solteras y virtuosas caminen a mi lado hasta la capilla donde iba a contraer nupcias, los habitantes del pueblo observaban desde sus ventanas, murmuraban lo tarde que me estaba casando ya que pensaban me quedaría a vestir santos, ya que estaba muy vieja, pero aun así tenía mucha suerte de que mi padre haya encontrado un hombre con quien casarme, viejos entrometidos, no saben nada.
Mi unión con Claudio se había retrasado año con año ya que desde joven el se había enlistado a las filas de guerra romana entrenando como legionario, fueron las últimas guerras lo que impedían nuestra unión y luego de eso... claro paso eso... pero él me amaba, inicialmente... no me queda duda de eso...
Caminé hasta la entrada de la capilla donde me esperaba mi padre, vestido con su uniforme militar, me ofreció el brazo y caminamos hacia el altar, mire por primera vez a mi futuro esposo, era mucho mas alto y robusto, estaba vestido con su uniforme militar, mi padre me llevo al lado de él, me miró, tomo mi mano, me beso en la frente y unió mi mano con la de Horacio, sonreí, el también me sonrió, una pronuba estaba parada en el altar, nos dio buenos augurios para nuestro matrimonio, compartimos el far consagrándo a los dioses y firmamos el contrato donde estaba estipulado mi dote.
Luego nos dirigimos a la casa de mis padres, donde se había preparado el banquete para los invitados, me quede conversando con mis amigas y mi madre mientras comíamos, cuando se acercaba la noche, Horacio vino a mi y acompañados por tres jóvenes nos dirigimos a nuestra nueva casa, los invitados nos siguieron cantando alegremente a los dioses, cuando llegamos a nuestra casa, los invitados nos levantaron y nos hicieron entrar, ahí nos esperaba la pronuba quien dio una plegaria a los dioses pidiendo bendición para la nueva pareja y su nueva casa, mire a mi esposo, me agarro de la mano y me llevo a la habitación, yo sonreía feliz.
- Quitate la ropa y lávate bien - dijo con frialdad soltando mi mano de repente - no me gustan las mujeres sucias.
Me desvestí, estaba confundida, procuraba no arruinar mi hermoso vestido, una tina con agua me esperaba en el baño, encontré aceites aromáticos que utilicé para tener un buen olor, cuando salí, él estaba desnudo, me eche en la cama, con nervios, no es que temía lo que se venia, porque yo ya sabía muy bien como hacerlo, lo que temía era que el se daría cuenta que yo no era tan pura...
El vino encima de mí, no fue amable, conmigo, no se parecía en nada a Claudio, fue muy doloroso, me hizo gritar de dolor, me hizo llorar y eso hacia que se ponga mas agresivo conmigo, me mordió, arañó y apretó, cada espacio de mi cuerpo mientras lo disfrutaba y me torturaba, cuando terminó, se echo a mi lado y se durmió automáticamente, instantáneamente, ni se molesto en revisar la marca de pureza, pero yo estaba preparada para eso, mi madre me había instruido, una pequeña vejiga de cabra con sangre estaba escondido en mi traje, derrame un poco en mis piernas, derrame un poco en sus piernas y el resto en la cama, volví a esconder la vejiga de cabra en mi vestido para que él no lo viera, me eche en la cama y me dormí, no me abrazo más, no me tocó, el resto de la noche, no me acaricio el pelo, como Claudio si lo hizo, él me besó, me besó tiernamente, Horacio no lo hizo... me ignoró el resto de la noche, rascándose entre las piernas haciendo un sonido fuerte, a la mañana siguiente Horacio reviso la cama y confirmo la marca, quedando satisfecho.
Imara entro en la habitación y se paro a mi lado, abrí los ojos y pude ver su delgado cuerpo sosteniendo una fuente con comida para mi, me senté en la cama y me puse a comer vorazmente, tenía mucha más hambre que de costumbre, cuando terminé de comer, encontré al pie de la cama un vestido, me levante y las piernas me temblaban, Imara me ayudo en todo momento, Horacio fue muy agresivo conmigo, pero el engaño resultó exitoso, cuando fui al comedor, mis padres y hermanos estaban ahí, mi suegro a quien había conocido apenas el día anterior conversaba con ellos, le cerré un ojo a mi madre indicándole que todo había salido bien, nos sentamos a comer, estuve callada toda la mañana, mis padres conversaban alegremente y mi esposo quien sonreía y me tomaba la mano, acariciandome con dulzura, yo sonreía cuando el me agarraba pero no pronunciaba palabra.
Cuando terminamos de comer mi esposo me indico que lo espere en la habitación, subí, esperando que la escena de ayer se repita, no me equivoqué, pero esta vez no se quedo dormido, cuando terminó, se vistió.
- Eres muy agresivo conmigo - dije - lo que me haces, me duele.
- Te acostumbraras - dijo sin mirarme - pero no me besas, ni me acaricias.
El se volteo, me miro con furia y me dio un golpe.
- Eres una mujer lujuriosa - dijo enojado - no pretendas caricias de mi parte, se que estabas prometida a otro hombre y él te abandono, me case contigo porque mi padre desea un heredero y hasta que mi semilla quede plantada en tu vientre tendrás que soportarlo, si me das un varón, no te lastimarte más, si me das una mujer, tendrás que seguir soportando esto.
- ¿Por que me dices esto? - dije agarrándome la cara con los ojos llenos de lágrimas.
- Eres una mujer repudiada - respondió casi gruñendo - lo único que espero de ti es un hijo, luego no volveré a tocarte, me das asco, así que embarázate rápido.
Me puse a llorar, desconsoladamente, el termino de vestirse y se harto de mi llanto.
- ¡Cállate! - grito - límpiate la cara y baja, ve a comprarte joyas - dijo dándome una bolsita con oro - no te amo, pero no soy un miserable - murmuro - mi esposa será la que tenga las mejores joyas y vestidos de la ciudad - dijo mirándome fijamente - deja de llorar y encuentra consuelo en las compras, tengo mucho dinero que puedes gastar.
Lo mire incrédula, no creía lo que mi esposo me decía, hablaba con odio y rencor, el sabía mi historia, un poco más y se enteraba que yo no era pura antes de casarme.
- Comprate lo que quieras - dijo - pero no quiero enterarme que fuiste a la taberna, invita a tus amigas si quieres, come.
- ¿Me odias?
- No digas tonterías - respondió - tengo algo más para ti.
Dio dos palmadas y tres esclavas entraron.
- Ellas serán para ti, puedes disponer como quieras, son tuyas - dijo - si sales de la casa que te acompañen, tienen casi tu edad podrán ayudarte en lo que desees.
- Gracias - murmuré.
- Pórtate bien - dijo - mis aspiraciones son muy altas y debes comportarte, dar una buena imagen para que yo me enriquezca.
- Esta bien - murmuré.
- Volveré en la noche, cuando regreses duerme desnuda, en esta habitación no debes utilizar ropa en mi presencia.
- Esta bien - dije agachando la cabeza.
Horacio salio, miré a las esclavas.
- Salgan y esperen en la sala, Imara tu quédate.
Las tres mujeres salieron.
- Imara - murmuré - quiero confiar en ti - dije - ¿Puedo confiar en ti?
Imara me miro sin decir nada.
- ¿Te dieron con látigo? - continué.
Imara asintió con la cabeza.
- Si me eres leal, nunca el látigo rozará tu piel, ¿Te gustaría eso?
Imara sonrió asintiendo.
- Escúchame, haremos algunas cosas y debes acompañarme, no confío en esas esclavas que mi esposo me trajo, pero no puedo salir sola, tu me acompañaras pero lo que hagamos, nunca se lo dirás a nadie ¿Entendiste?
- Si - dijo tímidamente - dómina.
- Soy Celeste, no me digas dómina.
- Usted es mi dómina - dijo ella.
- Soy la dómina del resto de los esclavos de esta casa, tu eres especial, desde el momento que te vi, puedes decirme señora Celeste.
- Esta bien dómina.
Levante una ceja.
- Señora Celeste.
Sonreí, abrace a Imara.
- Por favor, nunca me traiciones - dije - no tengo a nadie para consolarme, solo a ti.
Imara me abrazo, frotando mi espalda.
- Nunca la traicionaré - dijo.
Imara me ayudo a vestirme, salimos de la habitación y en la sala cerca de la puerta nos esperaban las esclavas que mi esposo me había regalado, salimos y fuimos al mercado, estuve toda la tarde comprándome cosas, las esclavas cargaban, vestidos, joyas, siempre lo mejor, lo mas caro, lo mas hermoso, regresé a casa, miré mi habitación, afuera había oscurecido, sabía lo que esperaba, las esclavas acomodaron mis cosas en un rincón de la habitación, me quité la ropa, me bañé y esperé en la cama a Horacio.
Dama Oscura
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