lunes, 29 de julio de 2019

EL SECRETO ENTRE MIS PIERNAS: CAPÍTULO XIV

Para: Mercilia Celeste Caius Octavius

Amada mía,

Se que mi ausencia en todo este tiempo te habrá resultado angustiante, no tengo excusas que darte, pues yo mismo tenia miedo de lo que una vida como esposos conlleva, pero lo pensé mucho y me decidí, cumpliré mi deber como tu prometido y en cuanto llegue nos casaremos. Lamento haberte fallado y no regresar inmediatamente después de la batalla victoriosa contra los Hunos, me reivindicare el resto de mi vida, te llenare de tanto amor que olvidaras este periodo seguramente amargo que te hice pasar.

Esperame,

Sixtus Claudio Filius Aurelius

Después de leer el mensaje mire a mi madre quien se encontraba sentada en mi cama mirándome fijamente en silencio, mientras las lágrimas recorrían mi rostro.
- ¿Cuando recibiste esta carta?
- Hace tres días.
- Está carta se escribió antes de mi matrimonio con Horacio.
- Trata de estar tranquila hija.
- Estoy tranquila - murmure.
- Tu padre encontrará una solución a todo esto.
- ¿Lo sabe?
- El recibió la misiva primero y la leyó, no quería que te enteres, pero lo convencí.
- Quiero estar sola.
Diciendo esto me di vuelta, dando la espalda a mi madre, conteniendo mis ganas de llorar.
- Señora Celeste - Imara me hablaba suavemente.
- Estoy durmiendo - dije sin abrir los ojos.
- Su madre viene a verla todos los días y usted se niega a recibirla.
- No opines sobre lo que no sabes, Imara.
- Yo no veo a mi madre desde que me capturaron, ni siquiera se si sigue con vida.
Abrí los ojos y la mire.
- Señora, sus ojos están hinchados, ha llorado nuevamente.
- Quiero sentarme - estirando el brazo.
Imara se acerco a mi y me ayudo acomodandome en la cama.
- Su barriga le causa muchos problemas, señora - dijo sonriendo - no es muy grande, he visto barrigas más grandes.
- ¿Que crees que sea?
- Ruego a los dioses que sea un varón.
- Si es varón, Horacio no volverá a dormir en esta cama.
- ¿Usted desea que sea mujer?
- Si es mujer, Horacio volverá a abusar de mi cada noche hasta que pueda darle un varón.
Mi madre entró a la habitación.
- Dime que tienes buenas noticias.
- Tu hijo o hija esta próximo a nacer, debes dejar de pensar en él.
- No puedo mamá - murmure - lo amo con toda mi vida.
- Llevas el hijo de otro dentro de ti.
- Un hombre que no me ama y se revuelca con mi esclava desde que supo de mi embarazo, no ha vuelto a mi habitación desde entonces.
- Te han crecido los pechos - observó.
- Mi corazón anhela tanto estar en los brazos de Claudio, se que el aceptará mi situación, en cuanto me divorcie de Horacio podremos casarnos.
- Tu padre no lo permitirá.
- ¿Por qué no habría de permitirlo?
- Tu padre apoyo a tu suegro en su elección al senado, ahora tu padre ganó mucha influencia gracias al acuerdo que tiene con tu suegro y si te divorcias ese acuerdo se verá afectado.
- ¿Es que acaso es todo lo que cuenta para el? ¿Soy una moneda de cambio para que el escale? ¿Mi felicidad no le importa?
- Debes resignarte, hija mía, tu única salida es la viudez.
- La viudez, madre te das cuenta de lo que me dices.
- Si hija.
- Horacio tiene casi mi edad, un poco más, los hombres viven más que las mujeres, yo misma puedo morir en cuanto esté bebé mire la luz.
Mi madre me miro entristecido, me acerco a mi acomodando mi cabeza en su pierna y pasando sus dedos en mi cabeza a través de mi pelo canto aquella canción que me reconfortaba cuando niña estaba triste.
Horacio entró a la habitación y se quedó observando la escena en silencio, hasta que aclarando su garganta se paro delante de nosotras.
- ¿Como se encuentra mi hijo? ¿Ya quiere ver el mundo?
Lo mire enojada, mientras el cínicamente sonreía, se acerco a mi para poner su mano encima de mi barriga.
- No me toques - gruñi - vete - ordené.
- ¿Que te pasa? - dijo sonriendo nerviosamente.
Me sente en la cama.
- ¿Que me pasa? - empecé a hiperventilar - osas preguntar ¿que me pasa? - sujetando una almohada y lanzándola a su cara - ¡todo este tiempo no me haz visitado! - grite! - ¡me humillas con mi propia sirvienta! - las plumas de la almohada se habían dispersado por el aire - Crispina nunca viene aquí Clotilde a penas si entra, ¡no puedo soportar esto mas! - agitada me levante de la cama - ¡eres tan desvergonzado que me preguntas que me pasa! ¡CÍNICO! - grité, avance hacia el dos pasos, los pies los tenía hinchados, se me torció el tobillo y caí para un costado gritando de dolor.
- ¡Hija! - dijo mi madre asustada - levantala Horacio - empecé a quejarme del dolor mientras Horacio me levantaba en sus brazos y me colocaba nuevamente sobre la cama.
- ¡Imara! - grito mi madre, la esclava entró casi inmediatamente a la habitación - ¡Ve por Griselda ahora mismo! - Imara entendió la situación casi instantáneamente y salió corriendo.
- Mi bebe - murmure sujetando mi enorme barriga.
- Tranquila hija ya viene la ayuda - dijo mi madre.
Horacio se quedo inmóvil al costado de la cama con la ropa manchada con mi sangre, lo mire y me asusté, fue en ese preciso momento en el que sentí una punzada fuerte, una opresión en mi barriga, y grite, la vida se me escapaba entre las piernas, el cuerpo agotaba sus fuerzas.
- Tranquila hija mía - dijo mi madre - ¡Clotilde! - grito - ¡Rhonda! - dijo nuevamente - ¡Crispina!
Las sirvientas ingresaron a la habitación y viendo el espectral ambiente se pusieron manos a trabajar, habían para entonces traído una tina redonda donde yo podría tener a mi bebé, la pusieron a un costado de la habitación, la llenaron de agua y mientras mi madre rompía mi ropa que se había manchado con la sangre negruzca que salía de entre mis piernas, un olor fétido empezó a contaminar la habitación, abrieron la ventana y la puerta de par en par, una vez totalmente desnuda, Rhonda me levanto en sus brazos y me acomodo en la tina, para ese momento mi madre ya había expulsado a Horacio de la habitación, Crispina estaba extrañamente más gorda de lo habitual y junto a Clotilde me sujetaba cada una, una mano.
Me decían tratando de calmarme que no puje, que debíamos esperar a Griselda, los dolores, las punzadas eran cada vez más fuertes y más seguidas...
- Ya no aguanto - dije.
Sentada en la tina sentí como toda yo me abrirá totalmente para dejar salir aquel pequeño cuerpo que habitaba dentro de mi, mi madre se había puesto delante de mi para recibirlo dándome indicaciones a cada segundo de que hacer, cuando sentí que me rompía por dentro traté de respirar dejando de hacer fuerza, Crispina me presiono la barriga hacia abajo y el cuerpo que estaba a medio camino salió totalmente. Ellas se miraron y me miraron sonrientes.
Me desmaye.

Dama Oscura

lunes, 22 de julio de 2019

EL SECRETO ENTRE MIS PIERNAS: CAPÍTULO XIII

- Dominaaaa - grito en la oscuridad - ayudemeeee - volví a escuchar su grito.
- No - dije - Griselda - volví a decir - detenla, haga algo - dije nuevamente - Griselda usted puede ayudarla - empecé a llorar.
Un aullido se dejó escuchar en la oscuridad y un viento gélido recorrió mi cuerpo, un perro mucho más grande de lo normal corría hacia mi, le faltaba pelo y sus patas traseras eran más largas, no era un pello completo, era mucho más grande que un perro, su aullido sonaba cono un gemido lastimero de alguien que pedía ayuda, no, no era un perro cualquiera, era Rhonda, aquel ser en el que se había convertido estaba ya demasiado cerca de mi, saltó hacia mi abriendo el hocido en dimensiones desproporcionadas para devorarme.
- Nooo - grité, estaba en mi cama, Imara se había dormido a mi izquierda sentada cuidandome y mi madre estaba observando desde la puerta.
- Vine porque tu marido me dijo que estabas enferma - dijo - estuviste con calentura por tres días, el médico dijo no comprender lo que tienes pero afirmó que no era nada grave y Griselda.
- ¿¡Griselda!? - mirando a mi alrededor.
- No está aquí - djjo - ella dijo que solo tu voluntad haría que te levantes de nuevo de esa cama.
- Rhonda - dije - debo verla - me quite las sábanas y todo a mi alrededor se puso negro, la luz de mis ojos se apagaban y mi cuerpo se ponía cada vez más pesado cayendo nuevamente al vacío y oscuridad.
- ¿Esta bien?
- Vive todavía, como ha vivido estos últimos días, su voluntad es fuerte.
- Está perdiendo mucho peso, ¿esta enferma acaso? Dígame la verdad, me moriré de la angustia.
- Mi niña, mi hermosa niña Mercedes, yo atendí a tu abuela cuando nació tu madre y también te recibí a ti en mis manos cuando diste tu primer respiro en este mundo, yo te cuide durante tu embarazo en esta niña y te ayude a cuidar los hijos de tu esposo, aunque no pudiste darle más hijos y el trajo uno tras otro un varón de otra mujer, los crías te como tuyos, yo seque tus lágrimas cuando más sufridas y te console como si fueras mi hija, yo cuidare de esta niña como si fuera hija mía porque así como te amo, a ella también la amo.
- Griselda, ella es mi única hija, he perdido mis embarazos como una niña pierde las muñecas, ella es mi única hija, la única que vivió, no puedo verla morir tan joven, pues yo moriría con ella.
- Ya termine, no es nada grave - dijo Griselda sonriendo forzosamente.
- ¿Que tiene? ¿Por qué se desmayo así?
- Solo esta esperando un bebé.
- ¿Como es eso posible? Griselda ¡se suponía que esto no pasaría de nuevo!
- Yo no puedo explicar que paso - respondio - la costura ha sido perfecta.
- ¿Que haremos ahora?
- Hay riesgo de pérdida, solo debemos esperar.
- ¿lo dices así tan tranquila?
- Calmate, por favor Mercedes, su esposo puede escucharnos.
- ¿Crees que me importa su esposo? Acepte este matrimonio porque quería que mi hija heredé su fortuna, no que le de hijos.
- Lo vamos a solucionar.
- Su marido ya debió haber muerto, te pague mucho dinero para que te encargues de eso.
- Aún no es el momento. Date cuenta que mientras no tengan hijos su posición como heredera de su marido puede ser reclamada en cualquier momento por su suegro.
- Entonces, dices que lo mejor es que tenga a este bebé.
- Solo si es varón, entonces heredará.
- El emperador debería permitir que las mujeres también heredemos fortuna, no somos inútiles.
- Haz lo posible para que ese niño salga vivo del vientre de mi hija y si es varón, sella su vientre.
- Esta bien señora.
- Y esta vez haz bien la costura.
- Si mi niña, ahora debes calmarte porque esto no debe escucharlo nadie más.
- Si hicieras bien tu trabajo, no tendríamos este problema.
- Este secreto, debe quedar en el olvido, esta niña es víctima de la ambición de tu marido y tu eres su cómplice, pero haz de saber que un día los dioses te van a castigar por tu delito.
Se quedaron a mi lado conversando sobre otros asuntos que ya no escuché, en mis delirios solo podía recordar a Rhonda y todo lo que estaba sufriendo por mi imprudencia.
Abrí los ojos, Rhonda se encontraba a mi lado, sonriente.
- Rhonda - murmure, volví a cerrar los ojos.
Días después me sentía mucho mejor, Rhonda se había vuelto asidua participe del entrenamiento con los gladiadores, Beltrán se hizo como un padre para ella. Le enseñaba cosas sobre la vida y ella escuchaba atentamente emocionada.
- Pasas mucho tiempo con Beltrán - murmure un día conversando con ella.
- Me enseña muchas cosas, en especial de mi nueva situación, es muy comprensivo conmigo.
- No descuides tus obligaciones en la casa - dije - quiero salir y no estas para acompañarme.
- La señora Mercedes aconsejo que se mueva lo menos posible, ya que lleva un bebé en el vientre qué parece quiere salir antes de tiempo.
- El bebé, es en lo único que mi marido piensa en estos días, se puso a ganar dinero para tenerlo todo listo para el bebé, esta buscando una nodriza y no se cuantas cosas más.
- Es su primer hijo - dijo Rhonda sonriendo.
- Si es mujer estará muy decepcionado - torcí la boca.
- Seguramente la amara de todas maneras.
Escuchamos risas afuera de la habitación.
- Es ella otra vez - dije apretando los puños.
- Crispina ha entretenido bien al Dominus, lo mantiene contento.
- Se acuesta con el.
- Es mejor ella que alguna de la calle, ¿No lo cree?
- No se si pueda soportarlo por más tiempo.
Imara ingreso a la habitación con el almuerzo.
- No quiero - dije echándome en la cama de costado.
- No es para usted - sonrió - es para el bebé.
Me senté en la cama y me puse a comer en silencio, las lágrimas empezaron a derramar de la frustración que sentía.
- Imara - dije - quiero ver a Griselda.
- Vendrá a verla en dos semanas señora.
- Que venga mañana - murmure.
Imara y Rhonda se miraron en silencio, complices, me ocultaban algo.
Al día siguiente Griselda vino a verme y entre lágrimas le dije que no soportaba saber que Horacio y Crispina tenían sus quereres, ella me consoló, me dijo que no podía llorar así porque le hacía daño al bebé y que lo mejor es que me mantenga calmada para evitar cualquier riesgo de pérdida, me dijo que no podía darme nada ahora por mi estado pero que en cuanto tenga al bebé en brazos podrá hacer algo por mi, eso no me consoló para nada, me pase las siguientes semanas llorando, escuchando a Horacio reír al lado de Crispina, ella nunca venía a verme, las visitas de Clotilde a su vez era mucho más distanciadas y breves, me miraba con tristeza y celos y se mantenía lejos de mi, evitaba tocarme a como de lugar.
Horacio me traía obsequios que compraba en la ciudad, tela fina para vestidos, joyas, maquillaje, perfumes, me hablaba emocionado de que el primer varón de la familia este en camino, una vez le pregunté su acaso visualizo la posibilidad de que sea mujer y no varón y enojado respondió "Entonces será una virgen vestal" y se fue enojado.
Los días en cama eran muy largos y mi cuerpo lentamente se iba ensanchando, me veía a mi misma tan gorda que me sentía avergonzada, mi barriga era totalmente redonda y aún así me decían que crecería más. Cuando estaba sola me frota a la barriga y soñaba con mi bebe en brazos cantando y contando historias, por un breve momento era feiiz.

Dama Oscura

lunes, 15 de julio de 2019

EL SECRETO ENTRE MIS PIERNAS: CAPÍTULO XII

La noche se hacía notar lentamente, el sereno ya empezaba a dar señales de presencia, la luna empezó a subir por el cielo iluminando con su luz plateada a todos los habitantes del imperio, el ladrido de los perros, a lo lejos se escuchaba, desesperados, sospechando lo que se asomaba en las sombras.
- Estoy nerviosa - dije dando mientras intuitivamente caminaba dando círculos, mirando todo a mi alrededor encontrando todos los métodos de salida.
- Solo un poco - respondió Griselda - no quiero que te asustes mi niña. 
La luna ya se veía a lo alto del cielo, el firmamento despejado permitía que nos de su beso tenebroso, los perros que momentos antes había escuchado ladrar desenfrenada ente se habían callado como sospechando que su enemigo era mucho más poderoso y no tenían modo de vencer. 
Rhonda dormía plácidamente en la tarima donde la habíamos colocado, la brillante luz de luna ingreso a la celda dándole un dulce beso de bienvenida, ella abrió los ojos, pero no era más Rhonda, no era aquella niña que yo había conocido aquella mañana que se presentó a mi, erguida, guerrera, orgullosa, aquella joven que llevaba en alto el nombre de su clan ya no existía más en aquel delgado cuerpo sino que estaba con la mirada vacía y el alma perdida. 
- Mira, mi niña - dijo Griselda - entérate de la verdad de este mundo, de los seres que gobiernan nuestras pesadillas, los dominantes de la Noche. 
- Señora Griselda - murmure. 
- Esto era lo que no podía decirte con palabras hermosa niña, pero a partir de hoy tu comprensión sobre los seres existentes será más amplia y estarás más dispuesta a creer en lo increíble. 
Ante mis ojos, Rhonda empezó a gritar de dolor, su gritos de muchacha adolorida empezaron a hacerse roncos, me llamaba por mi nombre, Ama Celeste, Domina, Señora... Su voz empezó a perderse en la plateada luz de la noche, su cuerpo empezó a oscurecer, sus ojos a enrojecer, su boca se expandió y los dientes le crecieron, le crecieron pelos marrones por todo el cuerpo, la ropa que antes traía se hizo trizas, las piernas se le alargaron y los pies le cambiaron, lo que antes eran su hermosa boca era ahora un hocico, las orejas le subieron y una cola le creció en el trasero, quien minutos antes era mi guarda espaldas, la joven Rhonda, de una raza guerrera, era ahora un enorme animal peludo, parecido a un perro pero más grande, no no era un perro era más un lobo, camino en la celda dando vueltas, gimiendo, pero no gimiendo como una mujer, sino como lo hace un perro lastimero...
Lentamente caminé hacia la celda de Beltrán, aquella celda que momentos antes estaba cerrada por fuera y pude verlo, el estaba en la misma situación que Rhonda, no era más aquel gran hombre que había visto minutos antes sino que era otro ser animalezco, parado en dos patas, caminaba dando vueltas en su celda, gruñendo...
Llengardaix vino trayendo dos trozos de carne de cerdo, uno lo aventó dentro de la celda de Beltrán, quien casi instantáneamente se lanzó sobre el y empezó a devorar la carne cruda, Llengardaix me miro y sonrió, con ese rostro de joven estúpido que solo el sabe tener, de la impresión.me tape la boca con las manos, Llengardaix se fue hasta la celda de Rhonda y le aventó el otro pedazo de carne dentro de la celda, ella empezó a ladrar, a gruñir y a gritar para terminar aullando... Beltrán dejo de comer y respondió el aullido, Rhonda le respondió a Beltrán y así estuvieron en un vaivén de aullidos por largo rato... Me desmayé.
***
Las voces que escuchaba cerca de mi era conocidas, un hombre y una mujer, era Griselda que conversaba con un hombre, creo que Llengardaix, nos estábamos moviendo, el esclavo me estaba llevando en sus brazos hasta mi recamara mientras conversaban, de que conversaban, era de Rhonda, el le reclamaba que haya permitido que yo me entere del mayor secreto guardado por el Dominus, ella le decía que no había otra forma de solucionar el asunto, solo permitiendo que yo me entere... Escuche la voz de Horacio quien nervioso me llamaba, le grito a Griselda insultandola, ella le dijo que ya vi la verdadera forma de Beltrán y que ahora gracias a su imprudencia Rhonda, mi esclava también tenía a partir de esa noche esa forma secreta... Ya no había forma de borrar de mi memoria lo que mis ojos habían visto.
***
- Rhonda - murmuré - Rhonda cuidado - dije agitada...
Mis sueños, se estaban volviendo pesadillas...
- Señora Celeste - escuche la voz de Imara - es solo un sueño...
- ¡Noo! - grite sentandome de golpe en la cama - dame agua - dije.
- ¿Como te sientes? - dijo Griselda desde un rincón de mi habitación.
- Señora - dije tomando el agua que Imara me trajo - Rhonda... Ella es... No puede ser...
- Calmate - dijo.
En ese momento un aullido se escucho en la noche.
- ¡No puede ser! - dije empezando a llorar - yo la vi, ella es esa...
- En cuanto amanezca estará bien, mi niña.
- Pero ella... ¿Que era? Parecía un perro, no, era su cuerpo desnudo lleno de pelos... Y su mano... Y su cara - cada vez más asustada - por todos los dioses, ¿que le paso?
- Debes mantener la calma mi niña, no puedo explicarte las cosas si permaneces así...
- Pero... Ella... ¿Se pondrá bien? ¿Sanará?
- No está enferma señora - dijo Griselda.
- Tu - dije a Imara - no estas asustada - enojada - ¡Tu lo sabias!
- Señora yo - dijo Imara - sabia lo del esclavo Beltrán, pero su esposo me dijo que no le diga nada...
- ¿Mi esposo? Horacio, ¿El lo sabía?
- El compró a Beltrán sabiendo lo que era - dijo Griselda - tiene la idea de que muerda a los mejores peleadores para que sean más fuertes y ganar dinero en las peleas.
- Beltrán lo sabia... - murmure - como fue capaz de ocultarme eso...
- No es lo único que le oculta - dijo Griselda riendo.
- Esto no me gusta... Pero, que era eso...
- ¿Estas más tranquila ya? - la voz de Horacio irrumpió en el cuarto.
- Tu... ¿Como pudiste ocultarme esto?
- Así que viste a Beltrán...
- Esto es todo tu culpa - gruñi - tu compraste a ese... Esa cosa...
- Licantropo - dijo Horacio - te dije que no quiero que esta mujer - apuntando a Griselda - no vuelva a esta casa.
- Rhonda esta infectada por culpa de tu... Licentopo... Licrentopo...
- Licantropo - me corrigió Horacio - no es una palabra difícil.
- ¡Tu cosa esa infecto a Rhonda! - grite - ¡ese Licantropo que compraste la infectó! - tratando de calmarme - todo esto es tu culpa, tu quisiste lastimarme haciendo que tus hombres ataquen a mi esclava, si tu no hubieras... Ella...
- Verte llorar no me da placer Celeste.
- No quiero verte - llorando - vete de aquí.
- Me voy, no porque me expulses sino porque debo ocuparme de mis asuntos - mirando a Griselda - y tu - apuntandola - que caso tiene - dijo enojado y salió.
- Los Licantropos son hijos de la luna, la maldición qué ellos cargan se muestra durante la noche de luna llena, los primeros cien años los cambios no se pueden controlar, y el portador pierde la conciencia humana, pero si el portador es fuerte puede cambiarse a voluntad y mantener la conciencia - empezó Griselda - esta maldición los vuelve inmortales permanecen jóvenes y fuertes.
- No puedo creer lo que me dices... Mi pobre Rhonda...
- No es nada grave - dijo Griselda...
- Ella ahora está maldita...
- Cien años en un inmortal pasan rápidos...
- Pero para mi, significará toda mi vida...
- Entonces tendrás una esclava fuerte que te cuidara incondicionalmente hasta tu muerte.
- ¿Que dices? - dije horrorizada.
- A menos claro que desees ayudarme y si mis experimentos funcionan, no morirás - sonriendo.
- Morir...
- Serás inmortal como ella...
- Yo no quiero ser esa... Cosa...
- Descanse señora Celeste - murmuró Griselda - duérmase porque mañana será un largo día.
- ¿Ella estará bien?
- Solo debes e cerrarla cada noche de luna llena, todos los demás días del mes, será como cualquier otra persona, más fuerte, claro esta, y sana...
- Cien años - dije echandome nuevamente - Rhonda es inmortal...
Cerré mis ojos y me dormí, asustada, tuve pesadillas esa noche y pesadillas tendría por muchas noches más...

Dama Oscura 

lunes, 8 de julio de 2019

EL SECRETO ENTRE MIS PIERNAS: CAPÍTULO XI

Al despertar a la mañana siguiente, me sentía extrañamente contenta, por primera vez en casi un año de casada Horacio había tenido un gesto hacia mí.
- Domina - la voz de Clotilde terminó por despertarme - su desayuno.
- No pedí desayuno - dije sin abrir los ojos.
- El Dominus la hizo preparar para usted.
- ¿Mi esposo? - dije sentandome de golpe. Vi a Clotilde parada al costado de mi cama, con una fuente con frutas leche y pan - a ver, pasame eso.
Me puse a comer, Clotilde salió de mi habitación, comí tranquila distrutando lo que mi marido había enviado, cuando termine, me levante de la cama, me bañe y busque el frasco que me dio Griselda, me puse un poco y lo guarde.
Salí de la habitación, fui a habitación de Rhonda, quien ya tenía mejor animo.
- Te veo mucho mejor - sonreí.
- Me siento mucho mejor Domina, gracias a sus cuidados, Imara me dijo que usted me cuido mientras yo estaba convaleciente.
- Eso ya quedó en el pasado, lo que importa ahora es que te levantes de esa cama, mi marido podría empezar a reclamarme nuevamente por tenerte aquí.
- Si Domina, hoy mismo le pediré a Imara que me ayude a llegar a la habitación.
- Pero ya estas mejor, yo te veo mejor.
- Es que, me he sentido con calentura, mi cuerpo se siente pesado, es extraño señora.
- No te entiendo - dije acercandome a ella y tocándole la frente - estas hirviendo - dije sacudiendo la mano - Esto no es normal, pero ¡Imara! - grite - ¡Imara! - volví a gritar, Crispina vino corriendo.
- Señora, Imara salió al mercado.
- Al mercado... ¿Y por que no fuiste tu?
- Es que... Yo, bueno...
- Ay, ya, ya, ya se que andas enamorando con el cocinero de la vecina, necesito que vayas y traigas a Griselda.
- A esa bruja, señora.
- Callate - gruñi - ¿Dónde está mi marido?
- El Dominus salió con el señor Antonio desde temprano, dice que lo mando llamar, probablemente no vuelva hasta la cena.
- No quiero que Horacio se entere de lo que ocurre en esta casa durante su ausencia, ve por Griselda, vuelve rápido.
- Si Domina.
Crispina salió de la habitación.
- Tranquila, Griselda vendrá y solucionará... Lo que sea que tengas - torcí la boca, mire a mi alrededor - ¿Y Clotilde?
- Por aquí no viene- dijo Rhonda.
- Yo no lo entiendo, esa muchacha...
Salí de la habitación, camine hasta la cocina y ahí estaba ella, en un rincón, llorando.
- Clotilde - murmure - ¿Que tienes?
- Domina - dijo sollozando - me estoy muriendo - me abrazo, tenía sangre en las manos.
- Por todos los dioses, Clotilde, ¿Que tienes? ¿Estas herida?
La aleje de mi, entonces pude notar que tenía la ropa manchada con la sangre.
- ¿Te hiciste alguna herida?
- No lo se, Domina, cuando llegue a la cocina empecé a limpiar las verduras, luego vino Crispina y se asusto, me dijo que tengo sangre, entonces usted empezó a gritar...
- Entonces no te lastimaste - dije sonriendo aliviada, moviendo la cabeza en forma negativa.
- ¿De qué se ríe, Domina?
- Es que no creí que fueras tan ingenua, ¿nadie te habló de la sangre?
- No, Domina, no la entiendo.
- Vamos a mi habitación - dije abrazandola.
- ¿No me moriré?
- Claro que no - dije - esto es totalmente normal en toda hembra - caminamos hacia mi habitación - llega una edad en que la niña está lista para convertirse en mujer y cada mes, esa señal se hará presente hasta que su marido siembre su semilla en ella.
- Entonces... ¿Ya soy mujer?
- Claro que si, en todo el sentido de la palabra.
- Entonces ya puedo tener un marido.
- Oh, no, claro que todavía no.
- ¿Por qué no?
- Debo escoger un buen marido para ti, aunque seas mi esclava no puedo permitir que estés con cualquier sinvergüenza, definitivamente.
- ¿Puede ser un gladiador? Hay uno que me gusta.
- Un gladiador... - pensando - Para eso tengo que conversar con Horacio, pero tendrá que ser un campeón.
- Por todos los dioses, Dominus - dijo asustada.
- Si, ¿que pasa con el?
- Es que... Yo... Yo - mordiendo se los labios - bueno...
- ¿Ocurre algo con Horacio?
- Fue hace mucho, Domina.
- Antes de que usted se casara con el señor Horacio.
Me quedé mirándola en silencio.
- Yo era una niña Domina.
- Te comprendo, calmate.
- Por favor no le diga al Dominus UE ya estoy lista.
- Por mi no lo sabrá.
Le quite la ropa a Clotilde, pues ya habíamos llegado al cuarto de baño colindante a mi habitación, la metí a la tina.
- A partir de ahora deberás lavarte cada ciertas horas del dia para evitar el olor - ayude a bañarla.
- Domina, nunca se ha visto que la ama sirva a la esclava.
- Calla niña tonta - dije sonriendo - mira, yo utilizo un poco de algodón, solo por un momento, le preguntaras a Imara que usa para evitar mancharse y lo usaras también.
- Gracias, Domina.
- Nada de gracias, dime, como se llama ese gladiador que te gusta, ¿Es un campeón?
- Pues no, es bastante joven, a penas esta en entrenamiento, el doctore es muy rudo con el durante los entrenamientos y a veces Crispina y yo vamos a curar a los que quedan heridos.
- Entonces ya conversaron.
- Pues cuando voy a verlo esta demasiado herido para poder hablar, pero me ha sonreído.
- Ya veo.
- Una vez - dijo sonriendo - ¿Cree usted que el se enamore de mi?
- Todo es posible, ¿Como se llama ese gladiador tuyo?
- Nathan, es moreno y muy alto, casi dos metros, es muy guapo.
- Me alegra que estés tan contenta - dije terminando de ajustar su ropa - ya estas lista - dije parandome detrás de ella frente a un espejo.
- Pero Domina, este es un vestido muy elegante, es suyo.
- Ya no me alcanza, a demás tu ropa estaba toda manchada de sangre, bueno, recoge tu ropa y llevalo a la basura.
- Pero, Domina, solo tengo dos vestidos.
- Tu ropa esta muy vieja, no puedo permitir esto, Imara y Rhonda tienen ropa, son más altas que tu, seguramente pueden darte algunas.
- Es que usted les compra a ellas, pero a Crispina y a mi, no.
- Lo lamento mucho - dije torciendo la boca - es mi responsabilidad que ustedes vistan bien y las he descuidado, no te preocupes, en cuanto dejes de sangrar iremos al mercado a comprar tela, sabes coser, verdad.
- Si Domina.
- Pues te harás la ropa, compraremos tela de tela, harás dos vestidos para cada una.
- Pero eso es demasiado.
- No te ocuparas en otra cosa más que en coser, bueno ya ve.
Clotilde salió de la habitación con su ropa, entonces recordé que deje a Rhonda con fiebre. Salí y me dirigí a la habitación donde la deje y me encontré a Griselda que ya la atendía.
- Señora Griselda, que gusto saber que viene lo más rápido posible.
- Siempre es un honor visitar su casa, mi niña.
- ¿Como la encuentra?
- Está completamente sana.
- Pero señora, la he tocado y estaba hirviendo.
- Es porque Beltrán, la infectó con la maldición.
- ¿La infectó? No me asuste señora Griselda, ¿Que es lo que tiene Rhonda?
- No puedo explicarselo con palabras, pero debemos trasladarla.
- ¿A dónde?
- Hay celdas en el ludus del Dominus.
- Pues si, la escuela aún no tiene muchos gladiadores, hay muchas celdas vacías.
- Debemos llevarla a una de esas celdas y cerrar bien.
- No la entiendo, señora Griselda.
- Lo entenderás, esta noche te lo explicaré.
- Me está asustando.
- Debemos apresurarnos.
- Señora Griselda, mi esposo llegará.
- Que se entretenga con Crispina, de algo debe servirte tenerla de esclava.
Salimos de la habitación, ayudando a Rhonda a caminar, en la entrada a las celdas encontramos a Llengardaix quien cantaba una canción de su tierra con una voz dulce, al mirar a Rhonda se asustó, abrió la puerta rápido y nos dirigió a una celda.
Se quedó mirandonos de lejos, acomodamos a Rhonda en la estera de la celda, Griselda me agarro del brazo y me sacó de la celda, los gladiadores nos miraban desde sus celdas abiertas, la de Beltrán estaba cerrada desde afuera.

Dama Oscura

lunes, 1 de julio de 2019

EL SECRETO ENTRE MIS PIERNAS: CAPÍTULO X

Imara se fue con los dulces que me dio Griselda, le indique que debía darles con alguna excusa a Crispina y a Clotilde, me quedé al lado de Rhonda con el frasco, abrí el envase y lo olí, no tenía ningún olor, el líquido era flemoso, "entre las piernas" murmure, sonreí pensando en mi relación con Horacio, quizá mejoraría. Meti un dedo dentro del envase y me frote delante de las orejas. Guardé el envase en mi ropa. Horacio entró a la habitación.
- Supe que Griselda estuvo aquí - dijo enojado.
- Lo estuvo - murmure.
- Sabes, esa mujer es bruja.
- Curandera - sonreí - le salvo la vida a Rhonda.
- ¿Vivirá?
- Si, vivirá.
- No quiero que esa bruja entre en esta casa nuevamente, entendiste.
Me levante y me pare delante de él.
- Lo entiendo - dije apretando los puños - esposo mio.
Me di la vuelta y el me sujeto del brazo.
- Me lastimas - dije.
- Mírame, Celeste.
Me di la vuelta y lo mire, desafiante, sin hacer un gesto en el rostro, como una piedra. Horacio suspiró, bajo la mirada, mira a la ventana y me vio.
- Tu actitud, me causa intriga.
- Intriga - hice una mueca con la boca, baje la cabeza - eres muy alto - dije - inclinate esposo mío.
Horacio encorvo la espalda y su rostro quedó delante del mío, con una media sonrisa, puse mi mano en su rostro, me acerque a él, baje la mirada.
- Me habría gustado que me ames - dije, hice qué me suelte y me di la vuelta.
- ¿Te ocurre algo? - dijo el frunciendo las cejas.
- Me ocurre, que mi marido, no solo no me ama, sino que también ahora me golpea.
Horacio se dio vuelta y se fue.
Me quedé al lado de Rhonda, acaricie su cabello, me resultaba increíble ver su cuerpo antes lleno de puñaladas y cortes ahora tan limpio, curado, estaba pálida, su cuerpo... Será que había perdido tanta sangre que se le veía tan blanca, casi podia confundirla con un ángel.
Dos semanas pasaron, Rhonda recupero su color, a veces abría los ojos y sonreía para volver a dormir, estaba rosada nuevamente, yo mojaba sus labios con leche de cabra y ella suavemente tragaba y se recuperó, me dormía a su lado de la fatiga, Horacio me gritaba y yo lo ignoraba pero no me golpeó más en esos días... Su voz era solo un gruñido afuera de la habitación, Imara me traía lo que le pedía presurosa, Clotilde y Crispina a penas pasaban por la habitación unos minutos al día y se ocupaban de la casa.
- Imara - dije una mañana - la espera se hace larga, empiezo a desesperar.
- Creo que despertara pronto y se levantará de la cama - dijo Imara - ya lo verá, Domina.
- No me digas Domina, ya te lo dije.
- Lo siento mucho señora, lo olvido.
- No lo olvides - sonreí.
- Domina...
El murmullo de su voz era un zumbido en la habitación.
- Rhonda - dije emocionada - ¿Cómo estas?
- Mareada - dijo tratando de sentarse en la cama.
- Te ayudo - reaccioné - Imara - dije y entre las dos la ayudamos a sentarse - no comiste nada sólido en estas dos semanas - apreté los labios - creí que no despertarías.
- ¿Pasó tanto tiempo?
- Pues, estabas muy mal - dijo Imara.
- Tengo hambre - dijo Rhonda frotando se la cabeza - me siento un poco mareada.
- Imara, encarga a Clotilde que traiga algo liviano para Rhonda.
- Si señora.
Imara salió de la habitación y en un momento se escucho a Crispina y Clotilde venir a la habitación con algarabía después de recibir la noticia que Rhonda despertó, trajeron huevos cocinados, uvas y leche de cabra.
Me aparte para que le ayuden a comer mientras conversaban con ella, las dos se enamoraron, Crispina esta enamorada de un esclavo que a veces hace de mensajero se llama Aldo, también es  cocinero, le trae sus nuevos platillos cuando tiene oportunidad y Clotilde esta enamorada de Llengardaix, aquel muchacho delgaducho e irritante que había conocido días antes, le contaban lo feliz que estaban y Rhonda terminó de comer.
Las dos se fueron y Rhonda sonreía nuevamente.
- Duerme - sonreí - cuando puedas levantarte y volver a tu habitación lo haces, Imara te acompañará a partir de ahora.
- Pero señora, ¿Quién la ayudará?
- Crispina y Clotilde han estado muy desocupadas hasta tuvieron tiempo de enamorarse, no reniego que tengan derecho de hacerlo, pero debo volver a dormir con mi esposo, ya pasaron varios días desde nuestra última noche juntos.
Salí de la habitación más tranquila, me fui a mi habitación y mientras me quitaba la ropa recordé el frasco que me dio Griselda, lo saqué y lo abrí de nuevo, lo olí.
- Esta noche - sonreí.
Me fui a mi habitación y escondí el frasco en mis cosas personales.
Busque a Clotilde y a Crispina y las encontré en la cocina comiendo un queso que les había mandado el amigo de Crispina.
- Necesito darme un baño - dije, ellas me miraron asustadas y no reaccionaron - ¿Que esperan? - levante la voz - ¡muevanse!
- Si domina - dijeron en unísono.
- En estas épocas las esclavas están más irreverentes - resongue.
Me fui a mi habitación y Clotilde me esperaba.
- Desata mis cintas - dije dándome la vuelta.
- Sabe domina, después que usted se encerró a cuidar Rhonda, Imara nos trajo unos dulces, dijo que el cocinero de la señora Antonella lo mandó para Crispina, estaban deliciosos, los comimos juntos, Imara no quiso, el joven se llama Aldo, días después Crispina se lo encontró en la calle y conversaron un rato, entonces el le trajo un queso de cabra, delicioso.
- ¿Y el joven sabe del pasado de Crispina?
- No, domina.
- Y... ¿Que crees?
- Creo que el joven esta muy enamorado de ella y ella de él.
- ¿Cocina bien?
- Cocina mejor que yo, y eso que yo aprendí muy bien de la señora que cocinaba en casa de sus suegros.
- ¿Que deseas Clotilde?
- Pues había pensado que quizá podría comprar al esclavo Aldo, para que cocine, sabe hacer dulces y en una fiesta en la casa vendrían bien.
- Lo pensaré.
- ¿En serio, Domina? - dijo alegre.
- No te prometo nada, pero lo pensare, la próxima vez que envíe algo me traes para probarlo.
- Lo haré con gusto, señora.
Para este momento ya estaba completamente desnuda y Crispina ya había llenado la tina con agua caliente, intercambiaron miradas secretas, las ignoré.
Cuando termine, salí y me sequé. Clotilde me ayudó a vestir para esa noche, me cubrí con las sábanas de la cama y les dije que salgan indicándole que cuando Horacio llegue le digan que lo espero.
Salieron, me baje de la cama, saque el frasco y me puse un poco, al contacto se puso caliente y lentamente se acoplaron a mi piel borrando todo rastro.
Me subí a la cama nuevamente y me dormí casi instantáneamente.
Un movimiento en mi cama me despertó, abrí los ojos, Horacio estaba encima de mí, había levantado mi traje.
- No - gemí - Horacio espera, no estoy lista.
- Quedate quieta - dijo sujetándose de mí - llevamos días sin hacerlo y voy a reventar - lo metió con fuerza.
Su cuerpo empezó a moverse, uno, dos, tres... Se quedó inmóvil, me miro sorprendido.
- Horacio - me quejé - me lastimas.
Sujeto mi cuello con una mano apretando.
- ¡Que haces! - me asusté.
Me soltó miro mi rostro de arriba abajo, levanto la cabeza, suspirando, lo sacó, había terminado, nunca había terminado tan rápido, me quedé inmóvil, contuve la respiración, se echo encima de mi con su enorme peso aplastandome, acomodo su cabeza en mi pecho, su sudoroso cuerpo mojaba el mío, acaricie su cabeza, la mano me temblaba, Horacio levantó la cara, me besó...

Dama Oscura