lunes, 31 de diciembre de 2018

VIAJE AL REINO DE LA NOCHE: CAPÍTULO XXXIX

Cuando por fin logré salir de ese mar de putrefacción, caminé encima de los cuerpos hasta llegar al límite, la fosa era una profunda caverna con por lo menos diez metros de profundidad, por más que intenté escalar hacia la superficie, no podía, las paredes verticales estaban enlodadas y con los golpes que daba se desmoronaban, ya era muy tarde, casi amanecía, podia saberlo porque me sentía agotado, no habia probado sangre, estaba por desmoronarme y dejarme alcanzar por los rayos del alba, cuando vi la silueta de dos mujeres al borde de la fosa. Me miraban fijamente, una de ellas me hizo una señal con la mano, me acerqué y el extremo de una cuerda se dejó caer, subí por aquella cuerda hasta salir, me sentía muy débil, no me había alimentado y la garganta me picaba con fuerza.
- Ni se te ocurra mirar a mi sirvienta - dijo una de las mujeres, vestia un traje rojo, elegante, usaba una sombrilla. El pelo rojo, encendido y largo fue lo primero que noté, una mujer muy joven, me miraba fijamente - apestas - continuó - vamos para que te des un baño.
No dije una palabra en todo el camino, algo me impulsó a obedecerla, caminamos un rato hasta llegar a una casa, estaba enrejada y tenía trampas en la entrada, ella entró sin problemas y la seguí, la mujer que la compañaba, una señora bastante mayor, su sirvienta, me indicó donde quedaba la bañera, me quité la ropa y me metí, me limpié la mugre lo más que pude, yo estaba enlodado, con estiercol, sangre y gusanos que se me habían pegado de aquél lugar pestilente.
Cuando terminé de bañarme, me trajeron ropas limpias, me vestí, la casa era más pequeña que el palacete donde vivia con Dama Oscura, era de un piso, tenía sótano y grandes ventanales que dejaban pasar la luz y alumbraban la sala, pero por donde yo estaba no alcanzaba un solo rayo de luz.
La sirvienta me llevo al comedor, ahí se encontraba un gran banquete, tres doncellas rebosantes de sangre.
- No las mates - dijo la sirvienta y salió.
Me acerqué a las mujeres, las abracé, la primera era morena, pelo rizado, robusta, su piel olía a limones, pegué mi nariz a su cuello, y pude olerla, instintivamente la mordí, un pequeño gemido me hizo saber que le gustaba, me abrazó, succioné la suficiente sangre como para que no muera, la segunda era más clara que la anterior, más alta, la cabeza rapada, olía a manzanas, se acercó a mí, me besó y se quito la ropa, se sentó en la mesa y abrió las piernas, pude ver marcas de mordidas en sus piernas y vientre, me acerqué a ella y me puso el pié en el pecho moviendo la cabeza, empecé a besar desde la punta de su dedo hasta llegar a su muslo, pude escuchar la sangre correr por sus venas, mordí una pierna, ella sujetó mi cabeza presionando, cuando la solté se bajo de la mesa, agarro a su amiga a quién yo había mordido antes y se fue, la tercera era bajita como la primera, piel canela, y delgada, pechos voluptuosos, me empujó a la mesa, se sentó sobre mí, se bajó la blusa y puso sus pechos en mi rostro, le lami el cuerpo pues ya me sentía satisfecho, ella insistió en que la muerda pero no pude, me dió una débil bofetada y se fué enojada, ella olía a fresas.
La sirvienta que me había llevado hasta ése comedor se encontraba en la puerta, me hizo una seña y la seguí, me llevó hasta una habitación sin ventanas, un ataud en medio de la habitación.
- Casi amanece - dijo - descanse, fué una noche muy larga - salió, cerró la puerta y la aseguró por fuera y se fué, me metí al ataúd y me dormí.

Memorias de Gilgam

Dama Oscura

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