lunes, 24 de junio de 2019

EL SECRETO ENTRE MIS PIERNAS: CAPÍTULO IX

- Señora - y dijo Imara entrando a la habitación - corrí lo más que pude y vine con la señora Griselda.
- Dile que sus servicios ya no son requeridos - y dije limpiando mi cara después de haber llorado largamente - Rhonda falleció hace ya mucho - suspiré, el dolor en mi espalda a penas me permitía moverme del banquillo donde estaba.
***
Horas antes
***
Había mojado la cabeza de Rhonda con agua, limpie la herida y presione para evitar que salga más sangre.
Horacio entró a la habitación.
- ¿Qué haces? - dijo claramente enojado.
- ¿Qué crees que hago? - respondí sin mirarlo. 
- Saca a la esclava de esa cama, que vaya a las barracas. 
Me levante y lo mire, era mucho más alto que yo pero no me importo desafiarlo, estaba enojada y sentía que la sangre se me subía a la cabeza. 
- Casi muere en mano de tus gladiadores - dije - no te quiero en esta habitación.
Horacio se enojó, un esclavo vino y le entrego un látigo. 
- No permitiré que mi mujer desafíe mi autoridad en esta casa - dijo levantando la voz cada vez más a la par que levantaba el brazo - ¡harás lo que te diga aunque no quieras! - dijo bajando el brazo y dejando caer un azote sobre mi. 
- ¡Yo te repudio! - grité llorando. 
Con su otra mano me sujeto del cuello levantándome hasta que deje de sentir el suelo. 
- No oses renegar de mi - dijo mucho más enojado. 
- Iré al senado y presentaré mi causal de divorcio, diré que eres un traidor del imperio, que no quiero estar casada con alguien tan corrupto, que tu padre pagó a tu General para que puedas retirarte del ejército y dejes de ser un soldado, y también... 
- ¡Callate! - gritó soltando mi cuello y caí. -¿Como sabes estas cosas?
- Mi madre me hablo mucho de ti antes de que nos casemos, yo se que no me amas porque estuve prometida con otro - agitada - Horacio, quieras o no, soy tu mujer y si me matas, mi padre y mis hermanos vendrán a por ti, te dieron el doble de mi dote para que yo sea bien tratada, ¿Que dirá mi padre cuando vea esta marca? 
- No te atreverías. 
- O claro que si, lo haré si sacas a Rhonda de esta habitación, Horacio se que no me amas he soportado durante las noches tus maltratos y durante los días tus desprecios y no me he quejado de lo infeliz que me siento a tu lado, yo no reniego del marido que me tocó, un hombre intratable que se comporta peor que uno de esos salvaje que conquitamos - dije empezando a llorar - los dioses me castigan por mis crímenes - dije desesperandome cada vez más - acepto esto porque viene de los dioses, pero tu no eres un dios, si te atreves a lastimar a una de mis sirvientas, mataré a todos tus hijos en mi seno y no tendrás descendencia. 
- Me divorciare de ti en cuanto pierdas a mi primer hijo y me volveré a casar, con alguien más joven y fértil.
- ¿En serio? - irónicamente - ¿Cuantas mujeres querrán casarse con un hombre que ha sido repudiado tantas veces? ¿Cuántas fueron? Tres, quizá cuatro. 
- Tu te casaste conmigo. 
- Yo ya estaba vieja para conseguir un marido mejor que tú, fuiste la una decisión tomada por desesperación ya que mis padres creyeron que mi prometido estaba muerto - suspirando - aún lo creen. 
Horacio levantó el brazo de nuevo y volvió a azotarme varias veces con furia. 
- Le pediré a los dioses que eliminen a esa esclava tuya, seguro que me escuchan como castigo para ti, por desafiar mi autoridad - se fue dejándome tendida en el suelo, adolorida, deseando morir.
Pero no morí, me acomode lentamente al lado de Rhonda que todavía tenía fiebre y trate de controlar aliviar la calentura con agua.
- Mírame - sonriendo débilmente - soy hija de un patricio de la ciudad de Roma, soy hija de un noble, descendiente de una de las familias más nobles del imperio, me marido me trata peor que una esclava - las lágrimas empezaron a derramar de mis ojos mientras acariciaba la cabeza de Rhonda - Tienes mucha más suerte que yo, aquí muriendo, tu sufrimiento acabará en cuando decidas rendirte, pero yo no, yo tendré que soportar al salvaje que tengo por marido, yo seguiré viviendo con el, sometida a sus caprichos, pobre de mi, ¿Crees que soy afortunada de haber nacido en mi posición? No lo soy, soy inmensamente infeliz, no recibo una pizca de amor, una mirada, una caricia, hace mucho que no me siento querida... Por favor, Rhonda, no te mueras - ahogando mi voz con las lágrimas, si te vas, nadie me va a defender, estaré sola, estaré desprotegida - continúe llorando - yo te hice esto, no debí comprarte esa daga, el te hizo pelear porque quiere castigarme, esto es mi culpa... - cubrí mi rostro con mis manos y llorando mucho más.
- Domina - la débil voz de Rhonda sonó vacía...
- ¿Me escuchaste? - dije, mirándola asustada, emocionada y triste a la vez.
- Yo la protejo - dijo Rhonda sonriendo y cerrando los ojos.
Me quedé mirándola por un rato, ella se veía tan tranquila, parecía un sueño normal, el dolor que sentía en mi cuerpo hizo que pierda el conocimiento por un momento, me recosté sobre mis brazos al lado de la cama de Rhonda, cuando desperté la fiebre se detuvo, ella dejó de jadear, dejó de respirar con dificultad y de hablar, se quedó inmóvil, con esa sonrisa que me mostró antes de cerrar los ojos, estaba fria, lloré. 
***
Ahora
***
- Perdió demasiada sangre - le dije a Imara.
- Señora, yo corrí todo lo que pude - dijo empezando a llorar.
- Era una chica muy hábil peleando, habría cumplido con su papel de cuidarme, no merecía esto - continúe llorando.
Alguien me toco del hombro.
Griselda se encontraba a mi lado mirándome fijamente. 
- Le daré unas monedas por haber venido lo más rápido que pudo señora - dije - sus servicios ya no son requeridos.
Griselda me apartó de la cama y se paro al lado de Rhonda.
Empezó a cantar en forma gutural y a danzar al lado de Rhonda.
- Señora, esta mujer me da miedo - dijo Imara abrazandome.
- A mi también - sonreí con nervios.
- Hice qué su alma vuelva a su cuerpo - dijo Griselda.
- ¿Vivirá? - preguntó Imara.
- Me gustaría probar algo nuevo - respondió Griselda, se dio la vuelta y me miro fijamente.
- Señora - dijo Imara aferrándose a mi con fuerza.
- Debo pedirle que traigan a Beltrán.
- Usted tiene una fijación por ese esclavo.
- No es un hombre común y corriente - respondió.
- Ve por él, Imara.
Imara salió de la habitación corriendo...
- Te curare las heridas - dijo Griselda, diciendo eso se puso detrás de mi y me puso unas compresas de hierbas que me hacían sentir calor todo el cuerpo, ardía, lo soporte.
- ¿Por qué Beltrán? - dije de pronto tratando de romper el silencio que se había creado.
- En este mundo querida, existen seres que ignoramos, seres que obtienen poder durante la noche, aquellos que gobiernan nuestras más terribles pesadillas.
- No la entiendo señora.
- No solo existen dioses y humanos, ¿sabias?
- Claro, cuando los dioses se enamoran de un humano, pueden procrear héroes con grandes poderes heredados del dios, pero con la capacidad de envejecer y morir como los humanos.
- No sólo los dioses del cielo bajan a la tierra, cariño.
Imara entró a la habitación con Beltrán.
Griselda lo miró y sonrió.
- Cuanto tiempo sin verla, señora - dijo Beltrán, su voz era gruesa y tenía un tono de lamento en cada palabra.
- Mira en que te convertiste - respondió Griselda - ven acá.
Griselda miro a Rhonda, Beltrán se acerco.
- Nunca vi a una mujer cargar con la maldición - dijo mirándola de pies a cabeza, tocando con los dedos la punta de sus pies.
- Solo lame la herida de su espalda, no la muerdas - dijo Griselda.
- Es una niña hermosa - dijo Beltrán rompiendo la ropa de Rhonda, le dio la vuelta y miro la herida - esto no se ve bien - dijo.
Beltrán acerco la boca a la herida de Rhonda, sonriendo.
- Soy tu perro fiel - dijo soltando una sonrisa y empezó a lamer lentamente la herida de Rhonda.
Ante mis ojos, la herida empezó a sanar rápidamente hasta cerrar por completo.
- Por todos los dioses - dije sorprendida.
Griselda sacó una navaja y le corto el pelo a Beltrán.
- Veo que sigues con tus investigaciones. - gruño Beltrán.
- No quiero ser vieja por siempre - dijo sonriendo Griselda me miro y sonrió - tengo algo para ti.
Griselda se acerco a mi y me dio un frasco con un líquido amarillo.
- ¿Horacio me amará?
- No - dijo - pero será más dócil.
- Quiero que me ame.
- El látigo no volverá a tocar tu piel.
- Termine aquí - dijo Beltrán y salió de la habitación.
- Oye - dije tratando de detenerlo.
- No escapará - murmuró Griselda - es un perro fiel, conoce su lugar.
Mire a Rhonda y todas sus heridas estaba curadas, dormía, aún así estaba pálida.
- ¿Por qué no despierta? - dije temerosa.
- Ha perdido demasiada sangre mi niña, deja que se recupere, que tome leche de cabra para recuperarse mejor.
Salimos de la habitación y nos fuimos al patio, me senté con Griselda.
- ¿Como uso esto?
- Debes ponerlo... Ahí - dijo levantando las cejas bajando los ojos.
- ¿Es todo?
- Úsalo todas las noches.
Me quedé mirando el frasco que tenía en las manos.
- Entonces, el no me amara con esto, pero tampoco me tratara mal.
- No puedes doblegar la voluntad de ese hombre - dijo Griselda - su corazón ya pertenece a otra.
- Clotilde - murmure apretando los labios.
- No sientas envidia de una pobre y desdichada esclava, ella no es culpable de la lascivia y lujuria de tu marido.
- Ya lo se, pero, siento mucha rabia de solo pensar...
- Dale de comer esto a Clotilde - dijo dándome un frasco con unos dulces dentro.
- Dulces para una esclava - gruñí - a demás que sedujo a mi marido, debo darle dulces.
- Dale de esos dulces a Crispina también.
- ¿A que viene todo esto?
- Debo retirarme.
- No respondiste mi pregunta - dije.
- Mi niña, hay cosas en este mundo que no puedo decirte por ahora, pero espera un poco y te confiaré todos mis secretos.
Imara trajo tres monedas de oro y se las dio a Griselda, ella me miro y sonrió satisfecha, salió, mire la habitación donde estaba Rhonda y fui a acompañarla.

Dama Oscura

lunes, 17 de junio de 2019

EL SECRETO ENTRE MIS PIERNAS: CAPÍTULO VIII

Después de lavarme bien y procurar no tener ningún mal olor en el cuerpo, me vestí con un vestido de seda fina que había comprado para aquella cena. Crispina ingreso a la habitación y anuncio que todo estaba preparado para esa noche.
Termine de vestirme con ayuda de Imara y Clotilde, la noche se asomó y Horacio regresó, envié a Clotilde para que se encargue de él, me fui a donde estaba servida nuestra cena, quería sorprenderlo.
Horacio apareció un par de horas después, Crispina estaba enseñándome una danza que según ella me ayudaría a seducir a Horacio, el ingresó y me miro en silencio, yo no me di cuenta y seguía las instrucciones de Crispina quien con mucha paciencia me enseñaba, Crispina se detuvo e inclino la cabeza, me di vuelta y vi a Horacio mirándonos, sonreí.
- Prepare esta cena para nosotros - dije.
- Que sorpresa - dijo sin hacer ninguna expresión.
Nos sentamos y Clotilde trajo una fuente con comida, Horacio la miró.
- ¿Tu cocinaste esto?
- Con ayuda de Crispina - dijo tímidamente.
- Entonces seguramente estará delicioso.
Comimos en silencio, sonreí a Horacio, pero el no respondió.
- Mis muchachos pelearán este fin de semana, te separe un palco.
- ¿Cuantos gladiadores pelearán?
- Tres, pero no espero grandes resultados, meteré a pelear los más débiles, apostare a los contrincantes.
- ¿Apostarás en tu contra?
- Yo no, mis esclavos, yo apostare a favor de nuestros peleadores, pero no apostare mucho porque deseo ganar.
- ¿Y si tus hombres ganan?
- La apuesta es seis a uno, espero que mueran.
- Iré a ver las peleas, me divertirá.
- La cena estuvo deliciosa, Clotilde sabe exactamente como me gusta la comida, vamos a la habitación.
Horacio subió, me quede mirando la mesa que había preparado para mi esposa, en un arranque de ira tire todo al piso, empecé a llorar, Clotilde vino corriendo asustada a preguntarme si estaba bien, la mire y le di una bofetada tan fuerte que cayó al piso sujetándose la cara llorando.
- Maldita mujerzuela, ¿te gusta que te mire mi marido? Si uno de los gladiadores gana en el coliseo, te entregaré como premio.
Ella me miro asustada, llorando, se levanto y salió corriendo.
Imara se mantuvo lejos de mi pero lo suficientemente cerca para escucharla.
- Señora, la niña no tiene la culpa de los gustos de su esposo.
- Tiene toda la culpa, por andar de ofrecida.
- Debe mantener la compostura.
Respire tratando de tranquilizarme, me levante y me limpie la cara.
- Veremos a Griselda y te dará una solución.
- Si - murmure.
Subí a la habitación y me encontré que Clotilde estaba llorando a los brazos de Horacio, quien al verme la alejo de él y ella se fue.
- ¿Que hacías con esa esclava? - dije queriendo no entender lo que había visto.
- Vino llorando porque le diste un golpe en la cara, la tenía roja por el golpe que le diste y estaba hinchada.
- Es una esclava - respondí - puedo hacer con ella lo que quiera.
- No puedes hacer con ella lo que quieras - respondió - es a penas una niña que no ha sangrado y le dijiste que la entregaras a uno de esos gladiadores.
- Es una mujer que eventualmente abrirá las piernas a un hombre, ¿La guardas para ti acaso?
- Y si así fuera ¿Que pasará?
- Eres mi esposo - renegando - merezco consideración de tu parte.
- Eres mi esposa, me debes obediencia y estas agotando mi paciencia.
Horacio salió de la habitación, me bañe, me puse aceites con olores exóticos, me metí a la cama desnuda.
Horacio no apareció aquella noche, me quedé despierta, lloré...
Cuando amaneció, me vestí rápidamente, Crispina entró en un mi habitación.
- Señora, su esposo Horacio, manda qué usted vaya al ludus.
- Nunca quiere que vaya a ver pelear a sus gladiadores - gruñi mientras me enredaba con mi ropa - ¡Crispina! - grité.
Crispina se acerco a mi y me ayudo con la ropa.
- Debería mantener la calma, domina.
- Tu qué sabes.
- Se como seducir a un hombre, hacer que delire de placer por los flujos que hay entre mis piernas, se como hacer que le tiemblen las piernas y aun así deseen más de mi...
- Eres una esclava, no te dirijas a mi de es forma.
- Aun sigo siendo romana y si un hombre paga por mi y se casa conmigo mis hijos serán romanos.
- ¿Y quien querrá pagar tu deuda?
- Si esposo pago para sacarme de loa baños públicos.
- No se caso contigo.
- Si tengo hijos de su esposo aunque no nos casemos serán romanos y no serán esclavos.
Me di la vuelta y mire a Crispina.
- ¿Puedes tener hijos?
- Cuatro hijos hasta ahora, Domina, todos fueron llevados con sus padres al nacer.
- ¿Cuántos varones?
- Tres varones, una mujer.
- ¿Y sabes que es de sus vidas?
- Se que no son esclavos.
- Lo siento mucho.
- Si usted no es capaz de darle un hijo al señor Horacio, una de nosotras podemos darle un hijo para usted.
- ¿A que viene esto?
- Tres meses de casada, domina, sabemos por sus gritos que su esposo la toma cada noche, Venus no ha permitido que su semilla quede plantada en usted, puede ser por algo.
- Crispina - por un segundo dude de lo que diría - necesito que hagas algo por mi.
Imara ingreso a mi habitación.
- Señora...
- Estoy en una conversación importante.
- Es Rhonda.
- Debemos ir al ludus, domina - dijo Crispina.
Salimos de la habitación, encontré que Clotilde se encontraba en la cocina preparando el almuerzo.
- Ven conmigo niña - dije sin mirarla.
Me senté en el banquillo que estaba y mire al patio de Entrenamiento, Rhonda se encontraba ahí, con una espada en su mano, me miro, un hilo de sangre corría por su rostro.
- Que esta pasando - por dije asustada.
Un gladiador salió con una espada, corriendo, gritando, Rhonda se agacho evitando el ataque alzó la espada y se la clavo en el brazo.
- Crispina - murmure.
- Su escala ya venció a tres gladiadores.
Mire a Horacio y el me sonrió.
Rhonda agitó la espada y le corto el pecho al hombre contra el que peleaba.
Horacio detuvo la pelea, se acercó a Rhonda y le murmuró algo al oído de Rhonda y esta asintió con la cabeza y se fue.
- ¿A donde se fue?
- Acompañeme por favor - dijo un hombre delgaducho y alto que se acerco a nosotras.
Mire a Crispina y ella asintió la cabeza, me levante y lo acompañe, Crispina, Clotilde e Imara me acompañaron, aquel hombre me llevó hasta Rhonda, quien se estaba sacando la ropa.
- Imara - murmure.
Me di la vuelta y mire a aquel tipo desnutrido, con la cara huesuda y pálido.
- ¿Como te llamas?
- Soy Llengardaix, así me dicen, soy ayudante...
- Crispina, ven.
Ella se acerco a mi en silencio.
- Tu llevas chicas a los gladiadores, puedes entrar y salir del ludus.
- Si, señora.
- Haz que ella pase la noche con Beltrán.
- El doctore no recibe mujeres...
- Solucionalo.
Crispina me miro asombrada.
- Vete - dije mirando a Rhonda de nuevo - ¿Te encuentras bien?
- Si, domina, yo mejorare.
- Imara, ve por Griselda.
- No necesito que me curen domina.
- Necesitas una recuperación pronta - dije - tranquila ella me ha curado y te curará.
Rhonda se descubrió el busto y una gran herida se dejó ver en su espalda.
- Eso es muy profundo - dije horrorizada - Clotilde, ayudala.
Clotilde sacó un poco de agua y empezó a limpiar la espalda de Rhonda, ella hizo un sonido de dolor que me erizo la piel.
Crispina se acerco a mi.
- Domina, no entendí lo que dijo hace un momento.
- Necesito un mechón del pelo de Beltrán, quiero que vayas y lo consigas.
- ¿Como sabrás que el pelo es de Beltrán?
- No lo sabré - murmure, la miré y sonreí - pero confío en que me traigas lo que te pido.
- ¿Y que excusa daré para cortar su pelo?
- Ered capaz de llevar a un hombre a la gloria con tus jugos y que le tiemblen las piernas, algo harás.
Rhonda se desmayó.
- No puede ser, Rhonda, Clotilde, Crispina, ayúdenme.
- Yo lo llevaré, domina - dijo aquel delgado hombre.
Me di la vuelta y lo miré.
- ¿Que haces ahí parado? Apresurate.
Llengardaix levantó el cuerpo semi desnudos de Rhonda en sus brazos.
- Hay algunos cuartos desocupados, hay que llevarla ahí.
Llengardaix la cargo hasta una habitación desocupada y la acomodo en la cama, toque la cabeza de Rhonda y estaba caliente, me asusté.
- Clotilde, trae agua y una tela Blanca, Crispina quiero sentarme.
Crispina trajo un banco y lo acomodo cerca de la cama, Clotilde trajo un tazón con agua y la tela, remoje la tela y le puse en la frente.
- Tranquila, ya llega la ayuda, aguanta.

Dama Oscura

lunes, 10 de junio de 2019

EL SECRETO ENTRE MIS PIERNAS: CAPÍTULO VII

Cuando entramos a la cabaña, a penas reconocí el lugar, Griselda me esperaba en su salón.
- Otra vez por aquí mi pequeña niña.
- Yo - trague saliva - es que necesito ayuda.
- Puedes decirme Griselda.
- Gri... Griselda - suspirando.
- ¿Cuál es tu problema? Pequeña.
- Mi esposo - me tape la cara con las manos reprimiendo mis ganas de llorar, suspirando nuevamente - él no me quiere, me desprecia, me trata mal, el cada noche me busca para que tengamos un hijo, pero no he recibido un beso, un abrazo, una caricia, una palabra bonita - empecé a llorar - el me odia completamente, es como si yo fuera lo peor que le pasó.
Griselda se acerco a mi lado y me abrazo.
- Shhh - frotando mi cabeza - yo sé como es eso.
- Estoy desesperada, me ha golpeado. He pensado en repudiarlo.
- Ni lo digas mi niña.
- No se que hacer.
- Las mujeres romanas separadas de su marido no tienen ningún valor en este mundo, tranquilizate qué vamos a ver que te tiene el futuro.
Me frote la cara, limpiandome las lágrimas.
- ¿Me puede ayudar?
- Claro que si mi niña, claro que si, estira la mano izquierda.
Estire la mano y ella la miro, puso una cara seria y luego apretó los labios, finalmente esboso una sonrisa.
- Mi niña, tu destino esta solamente en tus manos.
- No la entiendo señora.
- Tu marido compró algunos gladiadores, uno debe ser Beltrán, si deseas que te ayude, debes traerme un mechón del cabello de Beltrán.
- ¿Para que quiere el cabello de ese esclavo?
- Hay cosas en este mundo que desconoces, más allá del mar, los valientes que cruzaron el fin del mundo, existe un reino llamado Reino de la Noche, ahí existen seres que no son humanos con increíbles poderes, algunos escapan y llegan a nuestro mundo, aunque a los ojos de los humanos no sea visible, los que tenemos conexión con lo que no es visible, podemos ver su verdadera identidad, Beltrán se escapó de ese mundo, llegó al nuestro y se escondió entre los esclavos esperando que sus enemigos se olviden de él, pero cuando todos nosotros dejemos este mundo ellos seguirán viviendo.
- Me asustas, señora.
- No tienes nada que temer, un esclavo es un esclavo aunque no pertenezca a nuestro mundo, solo debes traerme un mechón de pelo de Beltrán y podré darte lo que necesitas.
- ¿Y es necesario el pelo de Beltrán para que me des lo que me ofreces?
- No, pero estoy haciendo una investigación y necesito de su pelo.
- ¿De que trata esa investigación?
- De la vida eterna y si me ayudas, te enseñaré.
Me quedé pensando lo que Griselda me dijo por un momento.
- Pero lo que me darás, ¿Hará que mi esposo me ame?
- Lo sabremos cuando lo utilices, ahora ve y consigue lo que te pido y no vuelvas hasta que lo consigas.
Me levanté intrigada por lo que habíamos hablado, salí de la habitación y me encontré con Rhonda e Imara, caminamos de regreso a la casa en silencio.
Me metí a la habitación, Horacio se encontraba ahí, enojado, miro a las sirvientas y movió la cabeza, ellas salieron.
- Te voy a preguntar esto una vez y espero que me digas la verdad.
- Si, esposo, dígame.
Horacio me miro un largo rato que se me hizo tan incomodo que me puse nerviosa y baje la cabeza mirando mis manos inquietas juguetear, pero seguramente ya sabía que fui a ver a Griselda.
- ¿Le compraste una daga a Rhonda?
Levante la cabeza suspirando
- ¿Eso es lo que te preocupaba?
- Mi esposa comprando una daga para su esclava, ¿A quien apuñalara?
- Mi señor suegro me entrego a Rhonda para mi protección personal, le pregunte y me dijo que era muy hábil con las armas.
- Muy hábil con las armas dices.
- Si ella me dijo que era guerrera en su clan...
- Muy bien, mañana lo comprobaremos.
Se levantó y camino hacia la puerta de la habitación.
- ¿A donde vas?
- No es de tu incumbencia.
- Sabes esposo mio, me gustaría ver a tus gladiadores entrenar.
Horacio se dió y me miro enojado.
- Creí que estas cosas no te interesaban.
- Eres mi esposo, tus negocios me interesan, deseo que cuando vayamos a las reuniones y me pregunten algo no quedar como alguien que no sabe nada sobre los negocios de su esposo.
- Cuando vayamos a las fiestas y reuniones lo único que debes hacer es lucir tus mejores vestidos, las joyas más costosas y ser la mujer más hermosa de la reunión, ser la envidia de mis colegas y sonreír.
- Pero si me hablan.
- Solo sonríes, y las mujeres no necesitan hablar en público, nadie desea escucharlas, a nadie le importa, solo sonríes y estas hermosa, que para eso es lo único que te necesito.
- Si... Esposo.
- Pero hay un balcón del cual puedes mirar a mis gladiadores entrenar, Clotilde conoce, hay un estar, ahí para que puedas invitar a tus amigas.
- Yo... Yo no tengo amigas.
- Las tendrás cuando conozcas a las esposas de mis colegas.
Horacio salió Imara entró minutos después.
- Tiene otra - dije pensativa.
- Todos los hombres tienen una querida pero no pasan de eso señora.
- Gracias, por consolarme Imara, pero yo se que el no me ama porque tiene otra, para el solo soy la mujer que le dará un hijo y seguramente después de poner su semilla en mi, no volverá a mirarme.
- La señora Griselda la ayudará, yo también la ayudare.
- Ay, Imara - suspirando - ¿Cómo puedes ayudarme? El no me ama, solo tiene desprecios para mi.
- Dale tiempo al tiempo mi domina.
Mire a Imara entre cerrando los ojos.
- Señora Celeste.
- La bruja me dijo que hay un hombre llamado Beltrán aquí, entre los gladiadores de mi esposo.
- Es el doctore.
- Si, eso mismo dijo.
- Hay un joven, el que les da la comida a los gladiadores, Llengardaix, es un joven medio torpe pero inteligente, el puede conseguir lo que necesitamos.
- Necesito del pelo de Beltrán.
- Solo le hablamos y él lo consigue.
- Los gladiadores no pueden salir.
- Pero nosotras si podemos entrar.
- A quien mandaré.
- Después de las peleas, el amo envía a los ganadores mujeres para que los atiendan.
- ¿Mujeres dijiste?
- Si, mujeres...
- Entonces podemos mandar a Crispina - dije pensativa.
- Puede ser, de todas maneras ese joven es el que escoge a las chicas.
- Imara, eres muy inteligente.
- Solo trato de ayudarla señora.
Abrace a Imara de improviso y ella me abrazó de vuelta.
- Muchas gracias, esto es muy importante para mi - dije.
Imara no respondió y en silencio me abrazó, como dos hermanas se abrazan.

Dama Oscura

lunes, 3 de junio de 2019

EL SECRETO ENTRE MIS PIERNAS: CAPÍTULO VI

- A partir de ahora, te quedaras en la casa Prucius - fue lo que me dijo mi padre.
Había nacido cinco mujeres del vientre de mi madre, solo lograron casar a dos de mis hermanas, mi padre había quedado sin dinero para casar a las tres que seguíamos, mi tercera hermana escapó y se hizo sacerdotisa de Venus, mi papá me dijo que debía pensar en mi hermana menor, que en los diez años que quedaban podrían juntar una dote para que tenga un buen esposo, que si no me vendían a la familia Prucius los cobradores nos llevarían a las dos y harían de nosotros alguna barbaridad innombrable, yo me limité a llorar y a aceptar mi destino. Le suplique a mi mamá que consiga un buen esposo para mi hermanita y me llevaron a los baños públicos. 
Mi padre me dejó en manos de una mujer bastante obesa, tenía las uñas largas como garras y olía a fermentado. Ella me acaricio el pelo, diciendo que una joya como yo traería muchos beneficios al negocio, con lo que pagaron por mí, mi padre cancelo sus deudas y pudo vivir estable por muchos años, pero mi hermana menor murió años después, una carrera la arrolló mientras jugaba en la calle, llore el destino de mi hermana, más aún el mio, no vi a mis padres desde el funeral. 
Fui entregada a la casa Prucius a los cinco años. 
Las mujeres que ahí trabajaban me enseñaron a danzar, practicaba cada día como seducir hombres, a vestir de forma provocativa, a peinar mi pelo de modo que resalte mi rostro, a susurrar a los oídos de los varones palabras hermosas que a ellos les gustaba oír. 
El jefe del negocio esperaba ansioso que me llegue la sangre para subastar mi honra, espero pacientemente cuando un día semanas después de cumplir diez y seis años, mientras dormía, una mancha negruzca cubrió mi ropa, estaba lista para ser vendida a quien seria el primer hombre en mi lecho. 
El señor que me compró ya casi no venía a los baños, pero si su hijo, Julio, quien al enterarse de que estaba lista, fue y me compro un vestido dorado, nunca nadie me había regalado nada, me dio también unas pulseras de oro y una peineta, yo estaba feliz. 
- Esta noche, empezarás a trabajar - inicio - procuraré que solo te toquen hombres con gustos convencionales, si te portas bien y los haces felices, tendrás muy buenas propinas con las cuales podrás comprarte todo lo que deseas, pero si no eres dulce y complaciente... 
- Yo lo entiendo señor - dije - me he preparado todos estos años para esto, conozco mi destino y lo acepto.
- Que bueno que lo sepas, esta noche se te permitirá dormir con quien te compre, como es tu primera vez seguramente dolerá, pero luego te acostumbradas y hasta puede llegar a gustarte. 
- Esta bien señor. 
- No hay muchas mujeres romanas en estas instalaciones así que tu eres muy valiosa, cobraré mucho por ti, por eso te hemos cuidado, haz bien tu trabajo y serás bien tratada, por fin cobraré lo que he invertido. 
Las mujeres del local me pusieron polvos en el rostro y me peinaron, cuando vi mi reflejo no me reconocí, me llevaron a un escenario, me pare temblorosa, el lugar estaba lleno de hombres que empezaron a silbar y a gritar. 
Una de las mujeres me hizo una seña diciendo "Baila", yo había recordado todos los años de práctica y empecé a mover las caderas, mi delgado cuerpo a penas tenía forma de mujer, mis senos aún no se habían formado bien y era muy delgada, aún así baile, los hombres se quedaron en silencio por un momento y cuando termine de bailar estallaron en aplausos y silbidos. 
Julio se paro delante de mi. 
- Señores, ella es Crispina - dijo - tiene diez y seis años, durante los últimos once años ha sido educada para este momento, la subasta empieza con cien denarios. 
Los hombres, lascivos y lujurientos empezaron a ofrecer dinero por mi, cien denarios, quinientos denarios, mil denarios, cincuenta áureos, cien áureos, trescientos áureos, cuando de pronto del fondo se escucho una voz mil quinientos áureos, la sala quedó en silencio, Antonio, el padre de Horacio había comprado mi primera noche para su hijo quien hasta entonces no había tocado una mujer y no quería que se inicie con alguien que ya haya sido tocada por otro.
Julio me dio un cuarto que había sido decorado con rosas y velas, Horacio y yo entramos.
- Soy Crispina - dije sonrojandome - ¿Cómo te llamas?
- Horacio.
Nos quedamos en silencio.
- ¿Es cierto que aún nadie te ha tocado?
- Tu serás el primero - dije.
- Vaya - respondió sorprendido - ¿Cuántos años tienes?
- Diez y seis - dije - ¿y tu?
- ¡Eres mi mayor! Yo tengo catorce, seré legionario el próximo año, mi padre quiere que no me pierda nada antes de dejar la vida cotidiana.
- Entonces no volveré a verte - dije triste - los hombres que van a la guerra ya no vuelven.
El me agarro las manos.
- Yo volveré - dijo sonriendo - y cuando haya juntado suficiente dinero, te compraré.
- Pero para entonces habrán pasado muchos hombres por mi.
- Yo soy el primero - dijo - y es lo único que importa.
Entonces desató las cintas de mis hombros y mi hermoso vestido cayó al suelo, el me miro sorprendido y abrió los ojos muy grandes.
- ¿No te gustó?
- Eres perfecta - dijo.
Se acerco a mi y me beso, mi primer beso, que no era con una fruta o con una mujer de la casa, mi primer beso y todos los pelos de mi cuerpo se pararon, Horacio sujeto mi cintura y lo abrace, puso una mano en mi nalga frotando, entonces se detuvo y empezó a sacarse la ropa.
- Creí que también era tu primera vez - dije.
- Lo es - respondió - pero mi padre me enseñó como se hace.
Cuando estuvo completamente desnudo pude ver que el también era delgado, y le colgaba el miembro.
- Quiero que lo metas a tu boca - dijo.
- Pero no se hacerlo - respondí.
- Entonces aprenderás hoy, solo debes agarrarlo suavemente y usar la lengua y los labios, no los dientes - sonriendo.
Me acerque a él poniéndome en cuclillas.
- De rodillas - dijo.
Me puse de rodillas y quedó frente a mi cara, el con sus manos empezó a frotar, era la cosa mas horrible que había visto estaba arrugado, largo y cabezón, parecía un champiñon.
Abrí la boca y lo metí, me dio náuseas pero lo aguante, empecé a sacarlo y meterlo en mi boca y pude sentir como rápidamente empezaba a ponerse muy duro y crecía, el suspiraba, que bufaba y gemía, entonces presiono mi cabeza contra el y se orino, o al menos eso me pareció.
Era ácido, cremoso quise escupir pero el no me soltaba y termine tragandolo.
El me soltó jadeante, se frotó la frente y camino tambaleante hacia la cama.
Me levante y me acerque a el.
- Eso fue muy bueno - dijo.
- Y rápido - murmuré.
- Tranquila, si descanso un poco podremos hacerlo. Mi papá me enseñó todo... En teoría.
Horacio se durmió casi instantáneamente, hola me senté a comer, luego me acosté a dormir.
Sentí humedad entre mis piernas y desperté asustada, Horacio tenía la cara metida, sentí gran incomodidad, metía el dedo y estaba caliente y me raspaba, se puso encima de mí y lo sentí entrar, me dolió como si rascara una herida abierta dentro de mi, se movía despacio, luego empezó a acelerar y me presiono contra si, pero gimiendo, bufando, quejándose.
Se estiró, luego se encogió y se acostó a mi costado, respirando rápidamente, agitado...
- Eres perfecta - dijo respirando rápido - mi amor - se acercó a mi y me beso.

Dama Oscura