A los quince años, comprendí que enamorarme como loca era una futilidad, aquel soldado romano a quien yo le entregué mi virtud, mi honra, mi pureza, había escapado con el ejército a la guerra contra los Hunos, aunque habíamos ganado, él no volvió a mi, Claudio, desgraciado, si te vuelvo a ver...
- Celeste - dijo mi madre al verme triste mirando por mi ventana los esclavos Hunos desfilar hacia el coliseo - ¿deseas ir a ver la subasta de esclavos?
- No tengo ánimos para salir madre - dije suspirando.
- Augusto volverá pronto, hija - dijo tratando de consolarme.
- No volverá - dije - se fue de mi lado y escapo para huir del compromiso que yo representó.
- No digas eso, si cumples diez y seis tendrás que hacerte sacerdotisa de Hera.
- No podría ser sacerdotisa, necesito casarme.
- Entonces nos encargaremos de buscarte un buen esposo antes de que cumplas diez y seis.
- No podría ser sacerdotisa, necesito casarme.
- Entonces nos encargaremos de buscarte un buen esposo antes de que cumplas diez y seis.
- No será igual, seré rechazada, no podré casarme.
- Pero ¿que dices hija? ¿De donde sacas esas ideas?
- Yo - dije sollozando - me entregué a él.
Una bofetada sonó en mi habitación, nos quedamos en silencio, yo rompí en llanto y ella empezó a gritar desconsoladamente, es que Mercedes esposa del General Octavio, no podía permitir que su primogénita sea conocida por todos por estar deshonrada y se quede a vestir santos.
- Iremos con la señora Griselda, ella lo solucionara.
- ¡Esa mujer es una bárbara! - grite - No quiero que ella me vea, debe haber alguien más.
- Esa mujer ha solucionado problemas mas graves que el tuyo, podrá hacer algo por ti.
Mi madre, una mujer sumisa y obediente ante mi padre su esposo, era muy enérgica y dominante para con mis hermanos y yo, desgraciadamente me estaba educando para ser una digna esposa de algún general del imperio y eso implicaba que yo permanezca pura.
Me dejo encerrada en mi habitación todo el día, me quede mirando a los esclavos capturados en la batalla desfilar, una niña de al menos ocho años levanto la mirada y la clavo en mi, suplicante, casi podía sentir su mirada como una navaja penetrando mi piel.
- Celeste - la voz de mi madre se escuchaba lejana - Celeste, despierta hija - era una voz tranquila primero, luego asustada, luego alterada - Celeste hija mía reacciona - ahora su voz se había quebrado.
- Mami - murmuré - ¿que paso?
- ¡Gracias a los dioses! - dijo abrazándome - ¿Te sientes bien?
- Si, claro, estoy bien, vi una esclava, mamá, hay que comprarla.
- ¿Una esclava?
- Si, mamá, por favor mamá, esta entre los esclavos que capturaron, era morena, delgada, ojos pequeños, negros intensos, pelo negro, estaba con la ropa rasgada, por favor mamá, dile a mi papá que la compre para mi, seria como mi compañera o mi doncella personal, le enseñaré lo que me gusta, por favor.
- Esta bien, esta niña, en que momento te hiciste tan engreída - dijo moviendo la cabeza - vístete, debemos ir a ver a Griselda.
- ¡Pero mamá! - Objeté.
- No hay peros que valgan - levanto la voz - no quieras que te de un escarmiento antes de salir porque de todas maneras saldremos y te daré con el látigo sin pena, agradece que no se lo he dicho a tu padre porque el te entregaría al dueño de la carnicería - suspirando - no quiero que tengas un futuro desagradable, hija mía, arréglate y lleva una manta extra porque Griselda nos espera.
- Si mamá - dije resignada.
Me vestí, mi madre me esperaba en la puerta, cruzamos la ciudad hacia donde se encontraba la casa de Griselda, ella era una Germana que había viajado en tiempos de paz a nuestra ciudad y se estableció en las afueras, vendía ropa tejida a mano, también hacia de partera, curaba enfermos, amputaba extremidades que se gangrenaban y también podía hacer que ocurran cosas, que nadie podía explicar, una vez me entere que ella había sido la esposa de su dios Odin, quien bajo a la tierra y habiéndose amado por una luna le concedió el poder divino que posee, desde entonces tenía el poder de hacer que ocurran cosas.
Llegamos a su casa, la señora había despedido a todos sus visitantes antes de que llegáramos por encargo especial de mi madre, nos sentamos en una pequeña sala en un cuarto apartado de su casa.
- ¿Y bien? ¿Que las trae por aquí?
- Quiero - dijo mi madre - que le devuelvas la virtud a mi hija.
- Ya veo - dijo mirándome - ¿hace cuanto fue?
- Hace - dudando - tres lunas.
- ¿Te dio la sangre?
- Si.
- ¿Te dio la sangre?
- Si.
- Es posible, no es difícil, desnúdate - ordenó.
- Que me harás - dije asustada.
- ¿Que mas haría? Te voy a coser.
- ¿Coserme?
- Te desfloraron, muchacha, no hay oración o yerba que te devuelva la honra, sácate la ropa y échate en la cama.
- ¿Me dolerá?
- Claro que si - dijo con una enorme sonrisa maquiavélica - te dolerá mucho.
- Mamá - gemí.
- Te lo mereces por insensata - replicó mi madre.
Me eche en la cama, Griselda me dio de beber le he de amapola, abrí las piernas y pude sentir cada punzada que me daba con la aguja, el dolor era intenso, era fuerte, las lágrimas salían de mis ojos sin que yo pueda controlarlo, mi madre me había metido la ropa que traje a la boca para que mis gritos no sean muy fuertes o que por accidente me muerda la lengua. Me quede profundamente dormida, cuando desperté, un dolor intenso en mi vientre me hizo paralizar, a penas podía caminar, mi madre contrato un carruaje para que nos lleve a casa y me ayudo a subir a mi habitación, me acomodo en mi cama, lo que había pasado era un secreto entre nosotras.
- Descansa, en unas semanas estarás como nueva.
- No aguanto el dolor - dije sollozando.
- Tienes que tolerarlo, pronto pasará, tranquila.
- Mami, lo que te pedí en la mañana.
- Yo hablare con tu padre, mañana será la subasta, haré lo posible.
- Gracias, mamá - cerré los ojos, me dormí.
Maga Blanca.